Si algo me gusta de la ciencia ficción, es su capacidad de aglutinar a todas las demás temáticas que puedan conformar cualquier novela.

«Todas menos la fantasía», se escucha a alguien del fondo.

¿Seguro?

Puede parecer por su definición que la ciencia ficción es alérgica a la fantasía y a sus incoherencias científicas. Sin embargo, la palabra alergia es poco acertada.

La fantasía es a la ciencia ficción lo que el oxígeno es a un ser vivo. Respirar oxígeno nos da la vida, pero conforme respiramos, oxidamos y degradamos nuestras células.

Es un elixir en cantidades justas, pero también un veneno si el escritor de CiFi lo bebe sin control.

Con estas afirmaciones no pretendo ofender a quien guste de la fantasía, que es, para mí, la máxima expresión artística de la literatura. Tal es su fuerza y su atractivo, que aprender a escribir ciencia ficción requiere realizar un esfuerzo para no desviarse de la necesaria base científica de nuestro género.

Todo escritor de ciencia ficción tiene en cada hombro a un ser diminuto

Uno te dirá que sueñes; es el miniser colega, el que te dice que eres un artista y que chorreas flow por los costados. No dejará de comerte la oreja con la tentación de hacer posible lo imposible. En su compañía, las fronteras de la realidad desaparecen y jugarás a ser Dios.

El otro es el cortarrollos, ese amigo o amiga con el que prefieres no quedar los viernes por la noche si pretendes pasarlo bien. Es un señor cuerdo, un defensor de la lógica, el censor de las incoherencias, y el que te da un sopapo cada vez pretendes saltarte las leyes de la física. Pero sobre todas las cosas, es quien te permite ser un escritor de Ciencia Ficción y no de Fantasía.

Os los presento, pues una vez estuvieron apoyados en los hombros de Isaac Asimov.

Asimov CiFi vs Fantasía

—No te bloquees, Isaac ¿Te acuerdas de El flautista de Hamelin? Pues algo así necesitas en tu historia. Un arma inesperada que hechice a todos  —dijo el pequeño mago de pie junto a su oreja.

—Mira, Isaac —interrumpió un miniseñor con bata blanca desde el hombro opuesto— vas a decirme otra vez que te parezco un poco borde pero, después de cientos de páginas con energía atómica y ascensores gravitacionales… ¿vamos a recurrir a los hechizos mágicos del perroflauta de Hamelin? —El enano científico movía la cabeza de un lado a otro. Solía ser bastante intolerante frente a cualquier circunstancia que no se pueda deducir de la realidad— Antes molabas más, tío —añadió con la amenaza del desprecio.

Asimov apoyó las manos sobre la mesa ante la imposibilidad de teclear con tantas dudas.

—No le hagas caso, compañero. Que no se haya descubierto no significa que no pueda existir, y si no lo sueñas nunca existirá. Tu otro amigo es un amargado y un cabeza dura ¡Vales mucho más que él! Si sólo escuchas lo que te dice, esta novela va a parecer un manual de instrucciones.

—¡Oh, venga ya! Para que no me tachéis de obcecado hagamos una cosa. Que el instrumento mágico sólo amplifique las ondas psíquicas aquellas que os inventasteis y que yo remendé con mi idea de que fueran provocadas por una mutación. Al menos será más creíble así ¿No os parece? Aunque igualmente estáis destrozando el libro —Hizo aspaviento con las manos—. Qué más da, nunca me escucháis.

—¡Siempre tan escéptico! Bueno… está bien. Entonces tus mutaciones provocarán que en un momento dado puedan controlar las mentes, y el instrumento musical amplificará la señal como una antena de las que te gustan ¿Ves? Siempre sales ganando.

—Eso quisiera yo— dijo el minúsculo científico con la disconformidad habitual—. Isaac, hazme un favor y llámalo visisónor, antes de que a tu amigo el magias se le ocurra un nombre ridículo como flautilla cósmica ancestral.

Asimov vio la luz y pudo continuar con la saga de la Fundación.

Y así, todo escritor de ciencia ficción tiene a su minimago y a su minicientífico peleando en esa frontera no tan definida que separa lo posible y lo imposible.

¿Entonces escribir ciencia ficción es estar encadenado a la realidad?

Pues en cierto modo nos encadenamos de forma voluntaria.

Escribir Ciencia Ficción significa adentrarse en la cueva de la fantasía con una cuerda amarrada al tobillo cuyo cabo está atado en las leyes conocidas de la realidad. Y hacemos esto para no ser devorados por una droga tan adictiva como fantasear, porque los escritores de CiFi debemos cumplir una misión: transformar lo encontrado en la cueva de la fantasía en una maravillosa ficción creíble.

Lo que nos distingue de la fantasía es la búsqueda incesante de COHERENCIA con la realidad.

Espero haberte ayudado a entender la extraña y entrañable relación que tenemos los escritores de ciencia ficción con la fantasía; la necesidad absoluta de recurrir a ella, y la obligación de no perdernos en el todo vale.